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DIOS NO ES “OMNIPOTENTE”

Antonio Bentué, teólogo

La terrible matanza ocurrida en París, ejecutada por parte de un grupo islamista que, según algunos testigos, lo hacían invocando el poder divino (“¡Alá es grande!”), vuelve a colocar sobre la mesa el antiguo y persistente problema de Dios con relación al “poder”. Una forma simple de plantearlo es el reclamo recogido en los salmos y tan bien planteado por el buen Job, cansado de tanto sufrimiento inicuo de los inocentes: “¿Hasta cuándo, Señor!…Si reclamo por la violencia, no me responde y, por más que llamo, no me hace justicia!” (Jb 19, 1-7). Es el mismo reclamo de Iván Karamazov a su piadoso hermano Dmitri; como también el de la airada blasfemia de Camus frente a la mortandad de tanta gente asolada por la peste en los suburbios africanos: “Dios no existe, pero si existiera ¡le escupiría en la cara!”. E incluso el Papa Benedicto XVI no pudo acallar esa misma queja, en su visita a Auschwitz: “¿Y dónde estaba Dios?”.

El problema se agudiza aún más cuando la masacre de gente inocente, de personas que se encontraban en su propio vecindario (el del París moderno, o el de la antigua tierra de Canaán y de la América precolombina…) se hace precisamente en nombre de Dios, sea cual sea el apelativo que se le dé (Alá, Jehová o Cristo Rey). La historia está plagada de ese recurso infame al único Dios para justificar luchas y ejecuciones fratricidas. Y uno se pregunta: ¿qué tiene que ver Dios con todo eso? O ¿no será que el ser humano tiende a usar el nombre de Dios en función de sus propios intereses, y cuanto más codiciados son esos intereses más insiste en ese recurso? ¿No estará justamente ahí el peor riesgo de que la religión se degrade? Y esa es la “tentación” que afecta especialmente a las religiones monoteístas, puesto que si hay un solo dios, y resulta que es el mío, el peligro de justificar la masacre contra todos los “idólatras“ que adoran dioses falsos, ya que sólo el mío es verdadero, es una falacia verificada demasiado a menudo a lo largo de la historia.               Tal como lo expresaba el adagio romano: “corruptio optimi, pessima!” (= La corrupción de lo mejor es la peor de todas). Efectivamente, la pretensión de tener el “poder divino” a favor mío y de los propios intereses, identificados además con la única voluntad divina, constituye la peor trampa en que puede caer la cultura humana. Peligro fatal que radica, por lo demás, en la tendencia innata del ser humano a pretender que la realidad tiene que cumplir mis deseos. Pretensión que constituye el “narcisismo”,  definido por Freud precisamente como la “omnipotencia del deseo”.         Y no es casual que en esa definición se use el término “omni-potencia”. El ser humano está instintivamente regido por un principio de poder que determina todas sus actuaciones. Principio antropológico que viene del mundo animal previo: “la selección natural” que nos lleva a buscar im-ponernos siempre al otro, construyendo nuestra convivencia sobre la base de la “com-potencia”, en la que siempre se impone quien tiene más “poder” y, por lo mismo, vale más.

Quizá en el fondo del problema está lo que ya señalaba la metafísica aristotélica, al señalar que todos los componentes concretos (los ‘entes’) del mundo están compuestos de potencia y acto. Lo que somos, lo somos en “acto”; pero siempre tenemos la “posibilidad” (=el poder) de ser más, al actuar las propias “posibilidades” (=potencias) que ahora no tengo “actuadas” y que desearía “actuar”. Es por eso también que cuanto más experimentamos esas posibilidades, y más constatamos la imposibilidad de actuarlas, “peor” nos sentimos en lo que somos. Nos sentimos “mal”, al confrontar lo que somos con lo que podríamos o querríamos ser y no lo somos. De ahí que San Agustín definía el “mal” como “carencia de ser”. Para ser más, debo desalojar al contrincante en la “com-potencia” e “im-poner” así mi acción frente al intento del contrario que también desea actuar su “poder” que choca con el mío. Se suscitan así las “luchas de poder” que afectan las relaciones entre los diversos entes: la relación energía-masa en el mundo físico, como también la “ecología” instintiva del mundo animal (“selección natural” del más fuerte a costa del más débil), y también la “cultura competitiva” de nuestra economía, nuestro acceso a la educación, nuestro deporte… Desde muy niños, nuestros hijos aprenden, en los “inocentes” juegos del computador, que aniquilando unos monitos yo gano, siendo así exitoso en la lucha competitiva. Toda nuestra cultura está radicada en el “poder”, abierto al deseo de actuar mis propias “posibilidades” a costa de los otros “competidores”. Y así ha funcionado a lo largo de toda la historia: el faraón egipcio arrasó con los deportados israelitas, y luego los israelitas (Josué y David) arrasaron con los cananeos; más tarde el asirio Senaquerib arrasó con Israel, y luego el babilonio Nabucodonosor arrasó con Asiria y con Judá, destruyendo su capital Jerusalén y su templo; después el persa Ciro arrasó con Babilonia, pero más tarde el griego Alejandro Magno  arrasó con los persas, hasta que los romanos derrotaron a los griegos, y los bárbaros a los romanos; más tarde Napoleón se impuso en Europa, pero luego el poder brutal de Hitler se hizo con Europa hasta que EEUU arrasó con todo, imponiéndose con bombas atómicas en Japón… Y la cosa sigue y va a seguir, sin que nadie sepa cómo va a terminar todo. Tal como el mismo Freud lo plantea con perturbadora lucidez:

“A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por las circunstancias de si, y hasta qué punto, el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción (que él denomina ‘impulso de muerte’, o ‘thanatos’)… Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que, con su ayuda, les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación y de su angustia. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas ‘potencias celestes’, el eterno ‘Eros’ (=’impulso de vida’) despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario, el ‘thanatos’. Pero ¿quién podría augurar el desenlace final?” (párrafo final de “Malestar en la cultura”).

En ese engranaje de “com-potencia” se ubican también todas las guerras de religión, incluida la violenta expansión musulmana del siglo VII que conquistó Persia, el norte del Africa y buena parte de Europa; así como las “cruzadas” emprendidas por la Cristiandad para recuperar territorios ocupados por el Islam. De la misma manera la cristiandad conquistó América arrasando en gran parte con su gente, sus culturas y religiones autóctonas. E igualmente las terribles guerras modernas del siglo XX han sido un ejercicio terrible de esa “com-potencia” entre unas “etnias” que querían imponer su “poder” (Japón en Oriente y Alemania en Occidente) a otras más “débiles”, usando a menudo el nombre de Dios en función de los intereses propios. Y es la raíz también de los machismos “femicidas” y de los “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”, con la invocación al dios propio de una falsa “teología de la prosperidad” (Ev. G.n.90).

Y es que somos seres en “acto” (puesto que “somos”), pero con la “potencia” (=posibilidad) que mueve el deseo de ser siempre más. De ahí que el mundo implique “mal”. El mal de ser “carentes” de posibilidades que querríamos tener y, al no tenerlas, luchamos para actuarlas contra viento y manera, pretendiendo que, cuanto más actuemos esas posibilidades  (ese “poder”), más seremos. Y ahí radica precisamente la ambigüedad fatal del modelo mismo de “desarrollo” ilimitado. Por eso la sabiduría del evangelio advierte: “quien pretende ganar su vida, la pierde!”.          Y también Buda, al constatar, en su primera noble verdad,  que “existir es sufrir” (puesto que la existencia implica siempre el mal de la “carencia”), aconsejaba: “si quieres dejar de sufrir, deja de desear”. Esa segunda noble verdad, ubicada en nuestra cultura de la “competencia”, equivaldría a advertir: “¡No compitas!”; es decir, no pretendas que, actuando tu “potencia” frente al otro, vas a resolver tu problema de la existencia o el de los otros.

Es desde esa perspectiva que la teología debe negar que Dios sea “omnipotente”. La potencia sólo es propia del mundo y de sus entes en “com-potencia”. Dios no compite ni es funcional al poder de nadie. Puesto que Dios es “puro Acto eterno” (Aristóteles, en Metafísica, libro IX,1). Y el único contenido de ese Acto eterno es la “misericordia”, en pura extroversión, sin la referencia egocéntrica propia del “narcisismo” del mundo que no es Dios. Pretender, pues, que Dios sea funcional a  la actuación de las posibilidades propias, es usar a Dios por vanidad, o sea pecar contra el primer mandamiento bíblico-cristiano. Ello, en la nomenclatura islámica del mismo Corán, constituye la “blasfemia” (shirk). Todas las religiones, por ser elaboraciones culturales humanas, tienden a la idolatría blasfema, pretendiendo poner a Dios al servicio de los intereses de la propia raza, la propia nación, el propio sexo, la propia familia o el propio yo individual, al usar el recurso a Dios en función de mis intereses. De esta manera, la religión se hace sospechosa de “narcisismo” convirtiendo a “la religión dominante en religión de la clase dominante”. Y una religión así, aunque venza, no podrá nunca “convencer”.  Para ser “convincente”, la religión tiene que ser asumida honestamente por la conciencia, como no sospechosa de narcisismo. Sólo así podrá “convencer”, aunque no venza. Lo percibió ya el Buda original, el “compasivo”, y lo sigue predicando, como su actual “avatara”, el Dalai Lama; igualmente lo predicó así el Gandhi de la no-violencia. Y también lo experimentó el judaísmo yahvista original, según la notable teofanía del Horeb, cuando Moisés, después de haber hecho ejecutar a 3.000 israelitas que, desesperados por la falta de agua y alimento en el desierto, habían recurrido comprensiblemente al toro Apis, dios egipcio de la fecundidad (Ex 32, 27-29), recibe el notable correctivo teológico de aquel brutal  “narcisismo de poder”: “El Señor bajó en una nueve y pronunció el Nombre de Yahvé. Luego pasó delante de Moisés y dijo con voz fuerte: Yahvé, Yahvé, es un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34, 5-6). Dios le cambia la página al iracundo Moisés. A partir de ahí, el Profetismo bíblico criticará las leyes de la  “antigua Alianza  “mosaica”, cuando son contrarias al ejercicio de la misericordia: “Quiero misericordia y no sacrificios, eso es conocer a Dios y no los holocaustos (religiosos)” (Os 6,6; cf. Jr 31,31; Ez 36,25-27). En esa misma línea, Jesús citará el texto de Oseas contra el abuso de poder fariseo en contra de los pobres discípulos que actuaban con la simplicidad de la buena voluntad sin tomar en cuenta leyes insensatas (Mt 9,13).  Y concentra toda la ley mosaica en el amor misericordioso: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante de los mandamientos Y luego viene otro semejante a ese: Amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resume toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,37-40).  Por eso “sean misericordiosos (Hasidim), porque Dios es Misericordia (Hesed)” (Lc 6,36). Para Jesús, pues, el Reino de Dios no es un poder mundano “bautizado” con religión: “mi Reino no es de ese mundo” de la competencia (Jn 18,36ss). Por eso rechaza las ansias “competitivas” de sus propios discípulos, advirtiéndoles: “Saben que los príncipes de las naciones las dominan y que los grandes ejercen su poder sobre ellas; pues bien, entre Ustedes, no debe ser así; sino, al contrario, quien quiera ser el primero debe hacerse el último y el servidor de todos, como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en redención por muchos” (Mt 20, 24-26).

Esa misma crítica a la idolatría del poder llevó al movimiento islámico medieval de la “mutazila” a negar que el Corán fuera eterno. Toda ley contraria a la misericordia es producto humano, marcado por la tendencia “narcisista” propia del poder que viene del mundo y no de Dios. Y la  mística musulmana profundizó en esa misma teología “negativa” de la “mutazila”, concentrándose en lo único absoluto: la Misericordia, puesto que “Alá es clemente y misericordioso”, como reza el versículo conocido como Basmala. Y es con ese versículo que se inician todos los Azoras del Corán, casi con las mismas palabras (en árabe) con que lo expresa (en hebreo) la teofanía bíblica antes citada ( Ex 34, 5). Por lo mismo, toda prescripción del Corán que sea ajena a la Misericordia no viene de Alá ni es eterna, sino que es producto de la pretensión cultural del “poder narcisista” del hombre. Es “shirk”, al “asociar” con el único Absoluto de Dios la pretensión mundana de poder.

Fundándose en esa concentración en el absoluto de la Misericordia, los místicos sufíes islámicos podían “relativizar” todo el resto y expresarse así: “Hubo un tiempo en que yo censuraba  a mi prójimo si su religión era diferente de la mía; ahora mi corazón acoge ya toda forma: prados para las gacelas, claustros para los monjes, templos para los ídolos, kaaba para los peregrinos, tablas de la Torah, volumen del Corán. Mi religión es el Amor, dondequiera que éste se oriente” (Ibn Arabí).   O bien, “Si alguien quiere llegar a Alá debe buscarlo en el corazón de los hombres…Llevar la alegría a un solo corazón es mejor que construir muchos santuarios para adorar a Alá en ellos” (Abú Said Ibn Arabí);  o aún: “La justicia y la equidad, y no la religión o el ateísmo es lo que se necesita para la protección del Estado” (Sufí Jakim Jami).

Así, pues, al aplicar a Dios el atributo de “omnipotencia”, sacado de la experiencia mundana de “poder” en “competencia”, es siempre idolátrico y, por lo mismo, más falso que verdadero (puesto que nunca es un concepto unívoco, sino análogo, o sea casi equívoco, Tomás de Aquino,  Summa I, q.13, a.5). Por lo mismo, aplicado a Dios, sólo es válido en relación al Absoluto de la Misericordia, único atributo que, si bien es también “análogo”, es la mejor “analogía”, por ser precisamente el menos sospechoso de “narcisismo”, al indicar con él el valor supremo de la “alteridad” más radical (por el “mísero”) (Mt 25,40).

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